Hace más de 30 años que me recibí de médico. Más de la mitad de mi vida cargando con el título de “doctor”, título honorífico por el que la gente se empecina en llamarme. Lógicamente no voy a desilusionarlos negándoles la posibilidad de incrementar su auto estima, no la mía, teniendo o siendo amigo de un médico. Vaya estupidez en estos tiempos en que ya superamos los 150000 “doctores”.Cuando me recibí, el título cotizaba algo más pues había tan solo 48000 “doctores”.
En mi “carrera médica” (en realidad por los logros obtenidos debería llamarla, sin muchas pretensiones, “un largo paseo al trote”) he llegado a un estadio definido como de “mueble antiguo” porque actualmente, luego de más de 30 años de recibido soy: antiguo, enorme, poco o nada útil para la sociedad en la que vivo, la cual ya no sabe donde ubicarme. En lo personal me defino como: “tan solo un viejo patólogo infartado” cosas que son, ambas, cruda y lamentablemente ciertas.
La idea de escribir surgió hace casi 10 años después de una internación en la sala de psiquiatría del Hospital de Clínicas por un cuadro de severa depresión melancólica. Señalo el diagnóstico de severa depresión melancólica porque no era ni soy (según mi psiquiatra no así para mi esposa) un bipolar, tan de moda en los 90.
He leído muchos libros de personas con depresión en sus distintas maneras o formas de manifestarse. Ningún cuadro es semejante al otro, como ninguna enfermedad es igual en dos pacientes diferentes.
Es tal la variedad que uno llega a preguntarse si es un estado psicológico anormal o pasa a ser una personalidad estadísticamente anómala. Según este concepto se llegaría a considerar que una gran variedad de psicosis son estadios o formas marginales de una distribución donde los “normales” son la mayoría de la población ubicada en el centro y por ende, estadísticamente más frecuente. Y lo más frecuente es la más normal porque a más iguales somos menos miedo nos tenemos. Se tiene miedo o se siente temor frente al diferente al que no piensa como uno.